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BIOGRAFÍA

Javier Aldarias, original de Andalucía, de una pequeña ciudad, Baeza, donde dan comienzo sus andadas artísticas a través del arte urbano, movimiento en auge en ese momento. Llamándole la atención este movimiento artístico empieza a pintar las paredes de su ciudad y a participar en concursos de arte urbano de la zona.

En adelante se decanta por seguir sus estudios en una línea artística, fruto de sus incansables ganas de aprender y de seguir plasmando sus emociones.

Cursa el bachillerato de arte en su ciudad, donde recoge todo el conocimiento y técnica necesarias para acceder a la Universidad de Cuenca, donde sigue ampliando su formación y perfeccionamiento artístico. Es en la universidad cuando comienza a hacer una investigación más profunda en la pintura y escultura, siendo una etapa de autodescubrimiento, donde además de canalizar el arte para expresarse, encuentra un marco de diálogo más maduro para encuadrar sus pensamientos y críticas a una sociedad que podía analizar y juzgar con mayor pensamiento crítico.

Es en estos años de evolución, cuando comienza a trabajar con galerías y a moverse en una escena artística tanto nacional como internacional.

Tras acabar sus estudios se traslada por trabajo a Albacete donde vive y reside, intercalando entre su ciudad natal, de gran impacto cultural, y el lugar donde desarrolla sus esculturas.

Javier da vida a las emociones a partir de lo material, que termina transformando en obras de arte, movidas también por el contexto histórico que se está viviendo actualmente, donde cobran especial relevancia las redes sociales.

Y es que la obra de este artista es una crítica ligera al uso de las redes sociales. Como el individuo crea su propia identidad a través de fotos donde las emociones son congeladas y no transmitidas, donde abunda el lujo y la estabilidad emocional haciendo de sus vidas una imagen ficticia de armonía, felicidad y lujo desmesurado.

Son los propios materiales que utiliza en sus obras los que se transforman en hilo conductor de sensaciones. El bronce, el óleo, o el acrílico son elementos fundamentales en sus obras, y depende de su uso transmiten al espectador ese ambiente en el que dejarse llevar para columpiarse en sus pensamientos.

El estilo de Javier pretende hacer que el espectador reflexione y se transporte a esos lugares paradisíacos donde la paz es el eje de la armonía, yendo incluso a lo más profundo del sentimiento despertando esa crítica al mundo que nos está tocando vivir.

A día de hoy este artista puede presumir de haber expuesto sus obras en la escena nacional e internacional, dejándose ver en ciudades como Madrid, Jaén, Málaga, México, Londres, Ámsterdam, Cracovia y Miami.

Actualmente sigue su recorrido alimentándose de aprendizajes y absorbiendo de todo lo que le hará crecer como persona y profesional.

STATEMENT

Javier Aldarias es un artista plástico que se vale de la estética de la belleza para recordarnos que el discurso de la Crítica del juicio Kantiano está más vivo que nunca. Para el artista realizar retratos íntimos de personas anónimas es subrayar la soledad que siente la sociedad actual, al mostrar sus intimidades a golpes de selfies en las redes sociales esperando un reconocimiento en función de los likes y los seguidores.

Su pintura refleja el estilo de vida de los millennials su realidad más incipiente y sirve para reflexionar sobre el estado de ánimo de esta generación saturada por el consumo de tanta información tecnológica multimedia, de productos de merchandising, de forma que los millennials exponen sus vidas a modo de escaparate colocando sus imágenes más íntimas dentro de un mercado visual ficticio en el que abundan fotogramas realizados que buscan representar la belleza exterior exaltando lo paradisíaco. 

El estilo del autor es pop social una nueva variante del pop tradicional caracterizado por la influencia del fotorrealismo y el realismo de Edward Hopper. El estilo de Javier Aldarias ha evolucionado desde sus obras de corte Kitchs con figuras humanas en piscinas con flotadores, hasta su pop más realista, que imita la fotografía en color o blanco y negro, como es el caso de muchas de las piezas que ilustran aquella época de cuarentena, que hizo que su paleta se tiñera de colores más sobrios.

Y es que con la obra de Edward Hopper es como este joven artista se encuentra más a gusto relacionándose, ya que ambos presentan escenas desiertas con una sola presencia de una o dos figuras humanas y los dos enfocan su mirada en el tema de la soledad, Hopper por su parte retrata con realismo la soledad de una sociedad moderna de la América de la Gran Depresión y Javier Aldarias nos muestra una sociedad donde los jóvenes cada vez están más conectados a las redes sociales, una sociedad tecnológica y cambiante, esa generación Millennial que busca un like como aprobación.

Son los jóvenes los que forman el grosso de la clase media, hiperconectados, saturados de tanta información, la manera de interactuar y relacionarse en redes sociales, esas que se convirtieron durante la cuarentena en nuestra vida social más emergente y tan necesarias en esos momentos en los que nos privaron de nuestra libertad.

Si bien es sabido que Edward Hopper nos mostraba la soledad de la gran ciudad despoblada y desierta, Javier Aldarias nos invita a sumergirnos en nuestro mundo interior en busca de nuestra más íntima soledad, una vía de escape, una salida, hacia la comunicación con el mundo exterior, que solo es posible gracias a las redes sociales.

Javier Aldarias también juega a sustituir la mirada del rostro por la pura ópticalidad de la pintura, diluyendo el rostro en capas pictóricas para tratar la ausencia del propio rostro en contraste con la presencia del cuerpo y su silueta perfectamente delimitada irreconocible a veces estas miradas son miradas perdidas frente a un futuro incierto y que denotan tristeza y nostalgia.

Está pérdida del rostro y en la mirada perdida implica reformular el arquetipo icónico del retrato productor de la evolución y de la historia del rostro (Faces. Una historia del rostro. - Hans Belting) que parte de la liturgia de las máscaras pasando por los roles que adaptamos frente a la sociedad, todo esto es la apariencia para culminar en La Sociedad del Espectáculo conceptualizada por Guy Debord a finales de los 60 con los mass media.

La obra de este artista destaca por las transparencias del agua y la luminosidad, Javier Aldarias capta los reflejos de la luz y la incidencia del sol en el agua, juega con las distintas tonalidades que ofrece el color azul esmeralda en relación con el blanco albayalde, pigmentos que producen efectos de luz y transparencias, el realismo enmarca la escena, los tonos terrosos, ocres y tostados en armonía con la impronta del agua, los elementos de la naturaleza, la tierra, el aire y el agua son los protagonistas de la escena con la sola presencia de una figura humana perdida en el horizonte, o dejándose caer sobre esta imagen dando la espalda o evitando la mirada con el espectador qué observa la paz y la tranquilidad de un momento que está congelado en el tiempo.

La blancura en algunas de sus obras desvelan la pureza de la azucena y el acto ritual del bautismo.

Para Javier Aldarias el agua es un recurso visual que siempre está presente con distintas manifestaciones ya sean piscinas, playas paradisíacas, cascadas que brotan de la naturaleza en medio del verdor de las hojas, igual significado con el de purificar el alma el cuerpo y la mente.

Sus obras hablan de la sociedad actual, donde existe un mundo de necesidad explosiva y ansia de enseñar el nivel de vida y lujo, donde el contexto sexual sobresale como pilar fundamental para fomento de envidias necesarias, para llenar de ego las mentes que más necesitan expulsar, con repudio, una gran mentira de las apariencias. Las apariencias del enojo que conlleva el vacío y sensualidad que se puede alcanzar con la oscuridad. La viva captura de la desgracia de ser, de estar, y el tormento de continuar.

Del mundo real fusionado con los sueños aparecen miradas bajas, sonrisas hipócritas, cuerpos vulnerables y entornos paradisiacos con los que juega este joven artista, que, gracias a su versatilidad con materiales como el bronce, oleo, y acrílico construye mundos que resurgen de las cenizas de la gran mentira, del lujo fugaz, de un espejismo de sueños truncados por una realidad llena de vacío.

Inmortalizar sucesos queda atrás cuando de reflejar ideas se trata y en este conjunto de obras queda patente la veracidad de la realidad inexorable de estar solos, aunque la compañía abunde en nuestro alrededor, las ideas que surgen al pestañear delante de cada obra, la ventana al idealismo que de repente rompe con una profunda y oscura tristeza que ensordece.

Rostros que no expresan, miradas imparables hacia su fin, sutiles vientos que rozan inmutablemente cada uno de los cuerpos de bronce, fríos, a pesar de estar constantemente rodeados de gente, desolados, a pesar de aparentar una fantasía de lujuria sin fin.

Así es lo que concluye en la en esencia de lo que somos y lo que seremos, un hueco, el hueco que deja tras de si el poder de la desesperanza.